Por: Redacción Somos Santiago
Existe una vieja y silenciosa tragedia en el corazón de nuestras sociedades. Comienza con una buena noticia: un joven de un barrio humilde, hijo de trabajadores, se rompe la espalda estudiando o trabajando, desafía las estadísticas y logra alcanzar un título universitario, un puesto corporativo o un negocio próspero. Consigue, por fin, el ansiado ascenso social.
Hasta ahí, la historia es idílica. El problema empieza al día siguiente.
La sociología acuñó hace tiempo un término para describir lo que ocurre después: el «tránsfuga de clase»: personas que ascienden socialmente y adoptan la ideología de quienes siempre los miraron desde arriba.
Es ese individuo que, al mudarse de mundo social, no solo cambia de código, de lenguaje y de nivel de consumo, sino que sufre una especie de amnesia selectiva. Borra su pasado. Y lo que es peor: para encajar en la mesa de los nuevos ricos o los intelectuales de élite, adopta una postura política profundamente hostil hacia el lugar de dónde salió.
Hoy, esta figura no es una excepción; se convirtió en el modelo de ciudadano ideal que nos quieren vender. Las nuevas derechas y los discursos hiperindividualistas capitalizan este fenómeno con una eficacia quirúrgica.
Nos envuelven en la bandera de la meritocracia moderna, una narrativa atractiva que nos susurra al oído: «Si triunfaste, fue 100% gracias a tu talento; si los otros no avanzan, es porque no se esfuerzan».
El peligro de morder ese anzuelo es enorme. La meritocracia, cuando se divorcia de la empatía y la realidad estructural, se transforma en una herramienta de dominación psicológica. Convierte al ganador en un ser soberbio y al que quedó rezagado en un culpable.
Es común escuchar hoy a personas que «vinieron de abajo» militando activamente en contra de los derechos de sus propios padres, vecinos o antiguos compañeros de clase. Justifican el desprecio social bajo el disfraz de la justicia fiscal: «A mí nadie me regaló nada, el Estado le regala la plata a los vagos».
Es el triunfo perfecto del sistema: lograr que los oprimidos de ayer sean los capataces más despiadados de hoy, usando su propia historia de superación como un escudo moral inexpugnable.
No debemos dejarnos seducir por ese espejismo. El ascenso social es un logro individual hermoso, pero nunca ocurre en el vacío. Nadie se hace completamente a sí mismo. Detrás de cada historia de éxito hay una madre que hizo un “guiso inventao”, un boleto estudiantil, una escuela y un hospital público sostenido por el Estado y un vecino que prestó internet, entre otros factores determinantes.
Adoptar la ideología del opresor para validar nuestro éxito no nos hace más refinados ni más integrados; nos vuelve cómplices de la deshumanización de nuestra propia gente.
Subir un escalón en la sociedad debería servir para tirar una cuerda hacia abajo, no para patear la escalera. No permitamos que el brillo de una nueva posición social nos ciegue al punto de olvidar de dónde venimos.
Tener memoria colectiva y conciencia de clase no es un lastre del pasado: es el único cable a tierra que nos queda para no transformarnos en los monstruos de los que alguna vez intentamos escapar.








